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Pantallas que abren ventanas: el cine iraní y su creciente legión de seguidores en Madrid

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Pantallas que abren ventanas: el cine iraní y su creciente legión de seguidores en Madrid

Hay algo que ocurre cuando se apagan las luces y en la pantalla aparece un paisaje de Teherán al amanecer, una familia que discute en voz baja en un apartamento modesto o una niña que cruza un descampado con una determinación que desarma. El cine iraní tiene esa capacidad: te mete dentro de una historia cotidiana y, antes de que te des cuenta, estás pensando en tu propia vida, en la de tu vecino, en la justicia, en el amor o en el miedo. No necesita efectos especiales. Le sobra con la verdad.

En Madrid, esa verdad está encontrando cada vez más oídos —y ojos— dispuestos a recibirla.

De las grandes salas a los rincones más inesperados

Hace apenas una década, ver cine iraní en Madrid requería cierto esfuerzo. Había que esperar a la Filmoteca Española, atender algún ciclo puntual en la Casa Árabe o cruzar los dedos para que algún título llegara a las pocas salas de versión original que sobreviven en la ciudad. Hoy el panorama ha cambiado bastante.

Los ciclos temáticos se han multiplicado. Espacios como el Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes, el Ateneo de Madrid o pequeñas salas alternativas del barrio de Lavapiés programan con más frecuencia títulos procedentes de Irán, acompañados a menudo de coloquios, debates y hasta sesiones de preguntas con cineastas o investigadores especializados. Lo que antes era una rareza se está convirtiendo, poco a poco, en una cita esperada.

Y luego están los espacios menos convencionales: asociaciones culturales de la comunidad iraní en Madrid, centros cívicos de barrio, incluso terrazas y patios interiores donde, bajo un cielo que casi nunca recuerda al de Ispahán pero que en verano se le acerca un poco, se proyectan películas que de otro modo nunca llegarían a una pantalla comercial española.

Farhadi, Panahi y los nombres que lo cambiaron todo

Si hay un punto de inflexión en la popularidad del cine iraní entre el público generalista madrileño, ese es sin duda el Oscar a Mejor Película de Habla No Inglesa que ganó Nader y Simin, una separación en 2012. Asghar Farhadi se convirtió de la noche a la mañana en un nombre reconocible, y su cine —tenso, moral, lleno de grises— empezó a aparecer en conversaciones que antes nunca habrían incluido la palabra «iraní».

Desde entonces, Farhadi ha seguido acumulando premios internacionales y, con cada nueva película, arrastra a más espectadores madrileños que descubren su obra anterior y terminan cayendo en una espiral cinéfila: de A propósito de Elly saltan a El viajante, de ahí a El cliente, y antes de que se den cuenta están buscando en plataformas de streaming cualquier cosa que tenga subtítulos en farsi.

Pero Farhadi no está solo. Jafar Panahi, cuya situación personal —ha sido arrestado y tiene prohibido salir de Irán— convierte cada una de sus películas en un acto de resistencia casi milagroso, genera una devoción especial entre los cinéfilos madrileños más comprometidos. Títulos como Taxi Teherán o Tres caras circulan en proyecciones casi clandestinas, cargadas de una emoción que va más allá de lo cinematográfico. Ver a Panahi es, para muchos, un acto político además de estético.

Y hay más nombres: Abbas Kiarostami, cuya influencia sigue siendo enorme aunque ya no esté entre nosotros; Majid Majidi, con su capacidad para narrar la infancia con una ternura que no cae en el sentimentalismo; Samira Makhmalbaf, que irrumpió en el cine internacional con apenas diecisiete años y sigue siendo una figura de culto. El cine iraní es una cinematografía rica, plural y llena de voces distintas, y Madrid está aprendiendo a escucharlas todas.

Una comunidad que se construye película a película

Lo más interesante de este fenómeno no es solo lo que ocurre en la pantalla, sino lo que pasa después. Los debates que siguen a las proyecciones en espacios como la Casa de Irán o en ciclos organizados por asociaciones culturales persas en Madrid son, en muchos casos, tan ricos como las propias películas. Españoles y madrileños de origen iraní se sientan juntos a hablar de lo que acaban de ver, y la conversación inevitablemente se abre: a la historia de Irán, a la situación política actual, a las similitudes y diferencias con la realidad española, a lo universal que hay en lo particular.

Esa mezcla es lo que está creando algo que va más allá de un simple público cinéfilo. Es una comunidad. Gente que se conoce en una proyección, se sigue en redes, comparte recomendaciones, organiza maratones en casa, se avisa cuando aparece un título nuevo en alguna plataforma. El cine persa en Madrid funciona cada vez más como un punto de encuentro, un lugar simbólico donde culturas distintas se reconocen en las mismas historias.

Festivales y oportunidades para engancharse

Si quieres sumarte a esta corriente, las oportunidades no faltan. El Festival de Cine de Madrid y el Festival de Cine Europeo de Sevilla incluyen con frecuencia secciones o títulos iraníes. La Filmoteca Española programa ciclos periódicos dedicados a cinematografías del mundo, y el cine de Irán aparece con regularidad en su programación. Merece la pena suscribirse a su newsletter o seguir su agenda.

También conviene tener en el radar a la Casa Árabe, que aunque su foco es el mundo árabe, organiza eventos culturales que a veces incluyen cine iraní o persa, especialmente cuando hay una excusa temática —un aniversario, una efeméride, una exposición paralela—. Y, por supuesto, estar atento a las redes sociales de las asociaciones de la comunidad iraní en Madrid, que suelen anunciar proyecciones con poca antelación pero con mucho entusiasmo.

Para los que prefieren empezar desde casa, plataformas como MUBI tienen una selección curada de cine iraní que es un punto de entrada perfecto. La ventaja de MUBI es que las películas van acompañadas de contexto editorial, lo que ayuda a entender no solo la obra sino el momento histórico y cultural en que fue creada.

Por qué importa este cine ahora mismo

En un momento en que las imágenes de Irán que llegan a los medios de comunicación son casi siempre las de la tensión política, las protestas o los conflictos geopolíticos, el cine iraní ofrece algo que los titulares no pueden dar: la textura de la vida cotidiana, la complejidad de las personas, la humanidad de una sociedad que no se reduce a sus gobernantes ni a sus crisis.

Ver una película de Farhadi es entender que en Teherán hay familias que discuten por los mismos motivos que en Vallecas o en Carabanchel. Que el amor, la culpa, la lealtad y la traición no tienen pasaporte. Que el arte puede ser, cuando todo lo demás falla, el puente más sólido entre mundos que parecen lejanos.

En Madrid, cada proyección de cine iraní es una pequeña ventana que se abre. Y cada vez hay más gente dispuesta a asomarse.

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