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Crear desde el exilio: los artistas persas que han hecho de Madrid su nuevo lienzo

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Crear desde el exilio: los artistas persas que han hecho de Madrid su nuevo lienzo

Hay una palabra en persa, dard, que se traduce aproximadamente como «dolor», pero que en realidad significa algo más complejo: el dolor que te hace más humano, el sufrimiento que abre en lugar de cerrar. Es una palabra que muchos artistas persas afincados en Madrid conocen bien. Y que, de una forma u otra, atraviesa casi todo lo que crean.

Madrid no fue siempre el destino elegido. Para muchos de ellos, la ciudad apareció como una escala que se convirtió en hogar, o como el primer lugar en Europa donde alguien les tendió la mano. Pero con el tiempo, y con la terquedad propia de quien ha decidido seguir haciendo arte a pesar de todo, Madrid se ha convertido en algo más: en el lugar desde donde hablan al mundo.

La música que no cabe en una sola cultura

Amir Sadeghi llegó a Madrid hace seis años con un tar —el laúd de cuerdas persas— en el equipaje y poca cosa más. Hoy dirige un pequeño colectivo musical que mezcla la tradición clásica iraní con flamenco, jazz y electrónica, y que actúa regularmente en salas como el Café Central o en festivales de música del mundo.

"Al principio intenté tocar solo música persa, como si eso me mantuviera conectado a lo que había dejado atrás", cuenta. "Pero Madrid me cambió. Empecé a escuchar flamenco y algo hizo clic. El duende y el dard son primos hermanos. Los dos vienen del mismo lugar."

Su proyecto, que se llama Seda y Tierra, ha actuado en el Festival Internacional de Jazz de Madrid y en varios ciclos de música del mundo organizados por el Ayuntamiento. La crítica los define como «inclasificables», lo que a Amir le parece el mejor de los elogios.

Pintar desde la memoria

Nastaran Farahani tardó casi dos años en volver a coger un pincel después de llegar a Madrid. El proceso de adaptación, los trámites burocráticos, la soledad de los primeros meses: todo eso dejó poco espacio para la creación. Pero cuando volvió a pintar, algo había cambiado.

"Antes pintaba lo que veía. Ahora pinto lo que recuerdo", explica mientras muestra su estudio, un piso pequeño en el barrio de Carabanchel con las paredes cubiertas de lienzos en distintas fases. "Y lo que recuerdo siempre está mezclado con lo que veo aquí. Las calles de Teherán aparecen en los colores del cielo de Madrid. Es inevitable."

Sus cuadros —grandes formatos abstractos con una paleta que oscila entre el azul lapislázuli y el naranja ocre— han sido expuestos en varias galerías independientes de Madrid y en una feria de arte emergente en Barcelona. Los coleccionistas los describen como «obras que te hacen sentir en dos sitios a la vez», lo que, viniendo de alguien que vive exactamente eso, no podría ser más apropiado.

El cine como territorio libre

Si hay un arte que en Irán ha estado sometido a una presión especialmente intensa, ese es el cine. Los cineastas iraníes que trabajan fuera de su país lo hacen a menudo con plena conciencia de esa carga, y eso se nota en sus películas.

Reza Mohammadi llegó a Madrid después de que su cortometraje fuera retirado de un festival iraní por razones que nunca le explicaron del todo. Hoy trabaja como realizador freelance para productoras españolas y, en paralelo, desarrolla proyectos personales que habla, dice, «de lo que no se puede decir en voz alta».

Su último trabajo, un mediometraje documental rodado en los barrios de Lavapiés y Embajadores, sigue a tres familias de origen iraní en su día a día madrileño. Sin drama artificial, sin victimización: simplemente vidas que se construyen en los márgenes de dos culturas. El resultado es una obra de una ternura y una lucidez que ha sido seleccionada en varios festivales europeos de cine documental.

"Quería mostrar que el exilio no es solo tristeza", dice Reza. "También es humor, también es adaptación, también es descubrir que eres capaz de más de lo que pensabas."

Madrid como espacio de libertad creativa

Lo que une a estos tres artistas —y a muchos otros en situaciones similares— es la percepción de Madrid como un espacio donde la creatividad puede desplegarse sin los límites que conocieron antes. Eso no significa que todo sea fácil: la precariedad económica, las barreras del idioma en los primeros años, la dificultad de acceder a redes profesionales consolidadas son obstáculos reales.

Pero hay algo en el tejido cultural de Madrid —su tradición de barrios con identidad propia, sus espacios autogestionados, su historia de acoger movimientos artísticos alternativos— que parece ofrecer un suelo fértil para quien llega con ganas de crear y poco que perder.

La escena cultural independiente de la ciudad, que siempre ha tenido una vocación cosmopolita, está absorbiendo estas voces persas con una naturalidad que sorprende. Galerías, salas de música, festivales de cine y colectivos artísticos están integrando a estos creadores no como «artistas extranjeros» —etiqueta que todos rechazan— sino simplemente como parte del ecosistema.

Lo que Madrid gana en este intercambio

Sería un error ver esta historia solo desde el lado del artista exiliado. Madrid también recibe algo en este intercambio: una mirada diferente sobre sí misma, una ampliación de su imaginario cultural, el contacto con tradiciones estéticas y filosóficas que enriquecen el debate artístico local.

Cuando Nastaran expone sus cuadros en una galería de Malasaña, los visitantes madrileños no solo conocen la pintura de una artista iraní: también descubren una forma de procesar la pérdida y la identidad que les habla de algo propio. Cuando Amir toca en el Café Central, el público no escucha «música exótica»: escucha un diálogo entre dos tradiciones que comparten más de lo que parecen.

Y cuando Reza proyecta su documental en un cine de barrio, los espectadores no ven una película sobre iraníes en Madrid. Ven una película sobre lo que significa construir una vida, en cualquier ciudad, desde cero.

Eso, al final, es lo que hace grande al arte: que habla de todos aunque hable de uno.

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